Crónica de un sismo de 7.1

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Ciudad de México 22 septiembre 2017 (Redacción).- Martes 19 de septiembre, un día más en la ciudad de México,  con una excepción, hoy se conmemoran 32 años del sismo en 1985;  los padres preparan a sus hijos para llevarlos al colegio, explicándoles que hoy realizarán un simulacro y deben obedecer las indicaciones; los niños con incertidumbre se dirigen al colegio, entrando a sus aulas entre risas y jugueteo. Los maestros y maestras calman los ánimos en las aulas, incitando al orden para dar inicio a su día. 

Diez de la mañana, muchos se encuentran ya en sus lugares de trabajo, poniéndose en movimiento para iniciar la jornada laboral y terminar sus actividades del día, claro teniendo en mente que en una hora más realizarán un simulacro; algunos lo esperan con ansias tomándolo como un pequeño descanso, muchos otros lo esperan con fastidio, pues solo les robara tiempo para sus tareas. 

En las calles de la ciudad todo se ve normal, gente corriendo, el tráfico inunda las calles, algunos caminan tranquilos pues solo harán un par de actividades, ir al gimnasio, de compras, ir al mercado por sus comestibles del día, la ciudad de México se torna cotidiana. 

Once de la mañana, la alerta sísmica se hace presente, es hora de iniciar el simulacro que cada 19 de septiembre se realiza, las personas se dirigen de forma calmada entre risas a los puntos de seguridad; las maestras y maestros comienzan a organizar los niños para mostrarles las medidas de seguridad, los más pequeños son difíciles de controlar, pero al final entre miles de explicaciones, logran ponerlos en orden. Todos conmemoran un año más del aniversario de aquel terremoto que dejo a miles sin vida y sin hogar, sin duda un día trágico en la historia de nuestro país. 

El reloj marca las trece horas, para los colegios falta una hora más para salir de clases e ir por fin a casa, con sus padres y familia a compartir lo que realizaron en el día; los trabajadores esperan dos horas más, para su pequeño descanso y tomar sus alimentos del día. 

Trece horas con catorce minutos, los niños juegan en las aulas, corren, ríen, algunos dibujan o platican entre sí; los más grandes hacen bromas pesadas o revisan su celular, los más tranquilos realizan tal vez un trabajo en clase para poder retirarse pronto a su hogar. 

Una fuerte sacudida alerta a las personas, todo pasa en cuestión de segundos; “¡Esta temblando!” se escuchan los gritos, los profesores entran en acción, toman a los niños pequeños esperando llegar pronto a los puntos de evacuación, el movimiento aumenta y todo se vuelve negro antes de que puedan dar un paso más, todo se derrumba, mientras el llanto y los gritos aumentan sin cesar, la realidad los aplasta de forma súbita. 

Las calles se inundan de gritos y personas corriendo, algunos se desmayan del miedo y muchos otros comienzan a grabar con su celular lo acontecido, otros son testigos mientras la impotencia los llena, ven como edificios caen sobre sí mismos, con el conocimiento de que aún hay gente dentro, una lucha interna comienza dentro de ellos ¿correr y ponerse a salvo? o ¿correr a los edificios y sacar personas?, la visibilidad se torna nula debido al polvo y tierra que inunda las calles. 

El llanto y la desesperación es visible, el movimiento parece eterno, muchos pensamientos inundan a las personas, entre ellos destaca “es el final”, el aire se inunda de miedo y tragedia. Lo que parece una eternidad, solo fue cuestión de segundos, el piso se detiene y entonces el caos se desata. 

 

Las líneas de comunicación son nulas, todos intenta desesperadamente llamar a sus familiares y saber que están bien, que solo se trató de un gran susto, pero las llamadas son inútiles, las redes sociales e internet se han caído por minutos, que se sienten como años. 

El terror es visible en todos, y la incertidumbre también, muchos saben que fue grave, pero aún desconocen la magnitud; Los padres corren desesperados a los colegios pidiendo porque sus pequeños estén a salvo y poder abrazarlos, calmar su llanto y decirles que todo estará bien. 

La desgracia se hace presente, mientras algunos padres de familia llegan a los colegios que están intactos, toman a sus pequeños en brazos y los llenan de besos; pero no todos tienen la misma fortuna; Primaria Rebsamen en Av. Brujas y Madero, y la Escuela primaria Montesquieu se encuentran en ruinas, “¡Esto no está pasando!” “¡Solo es una pesadilla!” “¡Mi niño no puede estar ahí!” el eco de los gritos es ensordecedor, la pena está presente, ¡ayuda! se necesita mucha ayuda. 

En las colonias como Roma, Coyoacán, Condesa el movimiento se hace presente, la gente comienza a correr hacia donde los gritos los llevan, ¡Se cayo! ¡El edificio se cayó! ¡Hay personas dentro!, los más cercanos a los lugares de los siniestros corren para poder ayudar, retirar escombros, sacar vidas; civiles comienzan a levantar piedras con las manos, buscando vida y esperando a que las autoridades se hagan presentes, el tiempo es oro. 

Los habitantes de la ciudad de México sabemos que es grave, pero la realidad se hace presente hasta que la línea de comunicación fluye, las noticias se inundan de pena y tragedia, derrumbes de edificios y dos escuelas se observan en las pantallas, las redes sociales se inundan de videos y peticiones de ayuda.  

Una vez que muchos comprueban que su familia se encuentra bien corren a los lugares del siniestro a prestar sus manos, esos niños tienen que estar vivos. Aquellos que sus familiares no contestan y se encuentran en los lugares de derrumbe, corren a los sitios esperando un milagro. 

Sin duda 32 años después, un 19 de septiembre del 2017 México se tiñe de rojo, las calles se inundan de desesperación, miedo y llanto. El dolor en nuestra población es palpable, aquellos que dieron un beso a sus pequeños, a su hermanos, padre y madre esa mañana sin saber que sería la última vez. 

Hoy a tres días del sismo de 7.1 que azoto  nuestra ciudad y estados como Morelos y Puebla, la pena de aquellos que perdieron a sus seres amados, sus casas, se siente tal y como el primer día; el miedo no se queda atrás, muchos duermen con el temor de que otro fuerte sismo nos golpee de nuevo. 

México está dolido, resentido de la fuerza de la naturaleza que en cuestión de segundos arrebato esperanza, y aun que la ciudadanía ha demostrado con orgullo solidaridad y empatía, brindando apoyo a los damnificados, este sismo de 7.1 ha dejado grandes heridas en los corazones mexicanos, heridas que tal vez nunca sanen, una página más para la historia, llena de sentimientos encontrados. #FuerzaMéxico 

Por: Thania Lugo  

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